LA POLÍTICA DE LA TOMA

Pedro Arturo Gómez

 
Con su mes de sostenimiento, la toma de Facultades de la UNT ha ido ganando en nitidez y reconocimiento de sus objetivos, tanto hacia el interior de la comunidad universitaria como hacia el exterior, en diversos ámbitos locales y nacionales. Mientras tanto, se han desarrollado instancias de convergencia de las demandas y acciones de los estudiantes con las del sector docente que reclama contra la precarización laboral. Aunque todavía sin concreciones tangibles, con lentitud retardataria probablemente deliberada, el Rectorado ha admitido la plausibilidad de las demandas estudiantiles y ha emitido pronunciamientos de compromiso con decisiones operativas. En otras palabras, con toda su reconocida legitimidad, el contenido del petitorio elaborado por los estudiantes -donde además de los elementos coyunturales aparece un objetivo de larga data como es el comedor estudiantil- necesitó de la energía de esta prolongada medida de fuerza para que las autoridades universitarias tomaran nota y se ocuparan con alguna contundencia del asunto. Esto viene a reafirmar las evidencias de que las auténticas reivindicaciones sociales no suelen provenir de las concesiones de quienes están en el poder, sino que son el resultado de las luchas.

En cuanto a los opositores a la toma, sus manifestaciones fueron desde expresiones de la entendible alarma ante la extensa interrupción de las actividades lectivas, hasta los brotes del más venenoso reaccionarismo, pasando por diversas modulaciones del atavismo institucionalista, el dogma academicista, la desinformación, la mala fe y el resentimiento. Entre las erupciones reaccionarias no faltó la mueca burlona ilustrada que en su batido de mala leche pintó a la toma como “colonia de vacaciones con pretensiones de épica”. Menos virulentos, son aquellos que desde el claustro docente insistieron en calificar a la toma como antidemocrática, abrazando el orden del sistema representativo y sus estructuras jerárquicas, mientras exigían que no se los tildara de timoratos (por el miedo a la toma, claro) ni se los tachara de “bussistas” (por las nefastas declaraciones de un político que lleva ese nefasto apellido, a las que se sumaron otras declaraciones no menos nefastas de funcionarios, operadores periodísticos y hasta la mismísima cúpula eclesiástica local). Ante posiciones como ésta cabe hacer un par de observaciones. Por un lado, los trabajadores asalariados (entre ellos, los trabajadores de la educación) entre sus instrumentos de lucha tienen a la huelga, un derecho reconocido constitucionalmente; los estudiantes no cuentan con esta herramienta, la toma de colegios y facultades es el recurso equivalente. Por otro lado, si el orden de la democracia liberal representativa se revela inoperante o concentrado en los intereses de los poderosos a la hora de atender demandas sociales legítimas, ¿no cabría entonces el cuestionamiento e impugnación de ese orden, sobre todo en un ámbito como el universitario donde se dice que debería propiciarse el pensamiento crítico?

El miedo a la toma y la adhesión fetichista a un orden institucional por lo menos cuestionable son más bien síntomas de alienación, reacciones ante un fantasma que recorre el solipsismo de una Universidad que concibe su verdad como un cerco dentro del cual los estudiantes se dedican concentradamente a estudiar, los profesores a dar clase y los investigadores a investigar, parafraseando las palabras del señor Rector en los inicios de la protesta. El miedo brota porque la toma viene a sacudir el enfrascamiento de académicos recluidos en reducidas parcelas del saber, domesticados por becas y subsidios, celosos custodios de las jerarquías meritocráticas, despolitizados y muchos de ellos precarizados, mientras la política partidista hegemónica tira sus dados sobre el tablero de la vida universitaria. En no pocos de los escuálidos argumentos del sector docente opositor a la toma resuena el corporativismo de la territorialidad que asila en la minusvalía al estudiantado. Eso sí que da miedo, un miedo que debería superar parálisis y aquiescencias para alimentar la indignación y la movilización. Por su parte, rotular a estos sectores de “bussistas” es un etiquetamiento de trazo tan grueso como aquel que identificaba al (falso) ingeniero Blumberg con la figura de Hitler, encasillamientos que también hablan de la pobreza de instrumentos para leer tanto lo residual y dominante como las formas de lo emergente en los escenarios vitales de la política.

Y es que de política se trata y de la necesaria politización. Si entendemos la necesidad de reinventar constantemente la política como subversión de lo existente, como “acción colectiva organizada por determinados principios, que aspira a desplegar las consecuencias de una nueva posibilidad que en la actualidad se encuentra reprimida por el orden dominante”[1], entonces hay que advertir la robusta dimensión política de la toma. Herramienta de lucha como es, la toma no se restringe en su significación a la instrumentalidad, aunque ésta no debería desdibujarse de modo alguno en el éxtasis de la mística performativa que puede embriagar los afanes y fervores del activismo. Hay que recordar que esta toma proviene de y se sostiene en las bases estudiantiles dentro de una dinámica asamblearia, condición que ha venido a quebrar la lógica conduccionista de las estructuras partidocráticas y los dirigencialismos tradicionales. Este quiebre es otro fantasma que recorre también estos escenarios, asustando a dirigentes obsoletos funcionales al orden dominante, que lloran su despecho en términos de que están atados a las decisiones de las asambleas, mientras incurren en gestos macartistas que apuntan a presencias partidistas ominosas que sobrevuelan el conflicto. No obstante, hace falta reconocer que si bien el aparateo partidocrático ha tenido escasa o nula incidencia en la toma, siempre ronda con avidez.

Por su parte, quienes alientan en la toma los imaginarios de procesos de politización revolucionaria del pasado deberían ser por lo menos cautelosos en sus diagnósticos de filiación al calor de la primavera juvenil insurgente, por la elemental razón de que esta instancia de lucha debe ser leída e interpretada en su contexto situacional concreto, donde por supuesto se reavivan factores históricos los cuales no se reducen sin embargo a figuras retóricas como “los hijos del Tucumanazo”. Las metáforas son, ciertamente, instrumentos de conocimiento, pero es probable que sean insuficientes en las tareas del discernimiento, ocasión donde las expresiones metafóricas suelen decir más de quienes las pronuncian que de la realidad a la que hacen referencia.

Y -de vuelta en las irradiaciones de la dimensión política- quienes señalan los límites del esquema asambleario, fundamento de este proceso de protesta estudiantil, deberían tener en cuenta también las evidentes limitaciones de las estructuras políticas tradicionales, atendiendo a las posibilidades de un nuevo orden, de una nueva forma de política prefigurada en las prácticas de la toma. Si estas posibilidades están aflorando, junto con los logros conseguidos y los desenmascaramientos provocados, entonces la toma en la UNT, más allá de sus desenlaces, ha triunfado.

[1] Badiou, Alan: “La hipótesis comunista”. En Acontecimientos 36-37, Buenos Aires, otoño de 2009. Citado en Pacheco, Mariano: “Nueva izquierda y socialismo desde abajo. Notas para un debate sobre nuestras prácticas y los desafíos por venir”. En Acha, Omar et al.: Socialismo desde abajo. Herramienta Ediciones, Buenos Aires, 2013:121-143.

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